La convocatoria 2020 de las Becas de la Fundación Joaquín Torres de Mequinenza recibe 29 solicitudes

A pesar del retraso en su convocatoria, a consecuencia de la covid-19, el procedimiento para otorgarlas continúa con el objetivo de que la entrega de las mismas se realice antes de que acabe el año.

La convocatoria de las XXVII Becas de la Fundación Joaquín Torres de Mequinenza destinadas a estudiantes universitarios de la localidad ha recibido un total de 29 solicitudes, tres más que en 2019. La edición de 2020 ha estado marcada por la incidencia de la pandemia de la covid-19 en los fondos que gestiona la Fundación y de cuyos beneficios se nutren estas ayudas por lo que el Ayuntamiento de Mequinenza decidió realizar una aportación del presupuesto municipal para que puedan entregarse.

Una vez cerrado el plazo de presentación de solicitudes los diferentes órganos de la Fundación se reunirán telemáticamente para fijar la dotación económica de cada una de las ayudas, comprobar que los solicitantes cumplen con los requisitos recogidos en las bases de la convocatoria y fijar una fecha de entrega, que se llevará a cabo con toda probabilidad antes de final de año en un formato todavía por determinar condicionado por las restricciones vigentes ligadas a la evolución de la alerta sanitaria.

En sus 26 años de historia se han entregado un total de 616 becas por un importe que ronda los 750.000 euros. Estas ayudas son posibles gracias a la generosa donación de Joaquín Torres, un mequinenzano que hizo fortuna en Latinoamérica en el mundo editorial. 

Joaquín Torres Arbiol

Joaquín Torres Arbiol es el emigrante ultramarino más notable y generoso del “Poble”. Nació en Mequinenza el 8 de junio de 1901, este filantrópico mequinenzano dejó su villa natal a los 21 años para hacer el servicio militar. En Madrid, como producto de una serie de casualidades acabó entrando a trabajar en la editorial Espasa, la futura y potente Espasa Calpe.

Tan relevante debió de ser su desempeño en la empresa que poco después, en 1926, la editorial le envió a Buenos Aires al objeto de crear una filial o delegación en la capital de Argentina. Compatibilizó su trabajo además, como comercial de otras editoriales españolas como Seix Barral y Cervantes. Se dedicó a detectar ediciones clandestinas, fraudulentas, sobre todo las venidas de Chile, así advertía a editoriales y librerías para impedir su adquisición, luchando así contra la piratería. En el año 1931 se convirtió en propietario de la editorial Juventud Argentina.

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